
El Alfatercio añora los besos del Paraiso, aquellos que se entretenían en llegar a su destino pero que sucumbian cargados de matices y sensaciones, dejando las penas para menos gratas andaduras. Sabe que se recoge lo que se siembra y que no hay mal que cien años dure. Y no piensa dejar esos ojos que se encontró al lado de una rosa.